Spyder era una de mis esclavas preferidas. No sólo resultaba hermosa colgando de una cruz romana en T, sino que sufría las torturas de una forma erótica, retorciéndose y gimiendo durante muchas horas antes de ser descolgada para hacer el amor con sosiego. Después escribiría cuentos de ensueño que incluían muchos de los detalles que había experimentado previamente. Esta es una de sus narraciones…

“­Líctor, ata sus manos, vela su cabeza y cuélgala del árbol de la vergüenza!”

La encrucijada de Spyder ========================

La trasladaron a la encrucijada antes de las primeras luces. Iba dando traspiés tras el carro que llevaba su cruz, atada a él por un grueso collar de piel que rodeaba su cuello. Aunque él siempre le había exigido que permaneciera cubierta en público, ahora llevaba sólamente el taparrabos que él le dejó en la quinta, dejando sus pechos expuestos a todos los que se cruzaban con el carro.

El carro se detuvo en el punto que él había elegido y ella se detuvo con él. No dijo nada cuando uno de los dos esclavos que la acompañaban tiró de ella con rudeza apartándola para poder sacar la cruz del carro. Ambos disfrutarían con ésto ya que, en más de una ocasión, habían sentido el aguijón de su lengua lacerante. No había sido únicamente su amo el que había notado que tenía demasiado orgullo para ser una esclava.

Mantuvo sus ojos mirando hacia adelante, hacia el vacío, con cuidado de no mirar a los otros crucificados en aquella polvorienta encrucijada. Los esclavos tiraron de la alta cruz hasta casi sacarla del carro, dejándola apoyada en la parte trasera para sujetarla a ella como su amo había indicado. No se dio cuenta de que sería colgada de una forma inusual para esta comunidad.

El esclavo que había tirado de su atadura lo hizo una vez más, llevándola esta vez a montarse sobre el extremo que se encontraba en el suelo. Empujó su espalda hacia el mástil, disfrutando del dolor que le producía cuando la piel desnuda de su espalda se rozaba contra el áspero poste. No se resistió cuando la ataron fuertemente desde las manos hasta los codos, pero se quejó cuando los esclavos tiraron con rudeza de sus piernas hacia el poste para estirar sus brazos tanto como permitían sus ataduras. Las astillas del poste hicieron brotar sangre fresca de su espalda. Uno de los esclavos agarró brutalmente su pierna izquierda y la estiró sobre el mástil. La otra fue forzada a cruzarse en los tobillos. A continuación empujaron sus pies hacia arriba para forzarla a separar ampliamente sus rodillas. Ataron estrechamente sus pies a los lados del mástil.

La dejaron allí, yaciendo atada a la cruz, con su peso descansando sobre las púas y cortes que cruzaban su espalda. Mientras cavaban el hoyo para izar la cruz, tuvo que escuchar sus groseros comentarios sobre su cuerpo y la posición en que se encontraba. Cuando hubieron terminado, arrastraron la cruz hasta el agujero y la colocaron verticalmente. Ahora todo su peso descansaba sobre sus brazos y tuvo que ahogar un gemido cuando sintió una oleada de dolor que abrasó sus hombros. Se había olvidado de los otros esclavos cuando terminaron su tarea y la dejaron.

Se daba cuenta ahora de lo que su amo había hecho. Sin saliente en el que apoyar el culo, aún con el dolor que hubiera supuesto, y con las piernas cruzadas como las tenía, no había para ella forma de liberar el dolor que afligía sus hombros. No podía moverse en absoluto. Empujar hacia arriba sólo serviría para intensificar el dolor en sus pies y tobillos y haría poco para aliviar sus hombros. Fue entonces cuando abrió los ojos y le vio. A caballo, a pocos pies de distancia, la observaba con detenimiento.

“Amo” fue todo lo que susurró. No podía rebajarse a suplicar. Aún ahora, cuando afrontaba un dolor insoportable y una muerte lenta, porque ella, una esclava, no pudo soportar el pensar en las manos de otro sobre su carne y se había negado a cumplir los deseos de su amo. Colgaba en la cruz a suficiente altura como para que los extraños que pasaran a pie no pudieran alcanzarla. Pero a lomos de un caballo los trapos del taparrabos quedaban casi a la altura de los ojos.

Acercó el animal y se mantuvo en los estribos, paseando sus dedos ligeramente por sus pechos desnudos para deslizarlos, a continuación, hasta la parte superior de su taparrabos. Ella gimió y cerró los ojos avergonzada. Aún ahora, que la había mandado crucificar, le quería. Su cuerpo traicionero lo dejó claro cuando sus pezones se endurecieron y sintió la humedad entre sus piernas.

Sus ojos se abrieron de golpe cuando sintió la punta de la daga en su garganta. Los ojos del amo se clavaron en los suyos mientras deslizaba la punta de la daga entre sus pechos, sobre el estómago, dejando una delgada estela de sangre tras ella. Se detuvo en la parte superior del taparrabos. Introdujo la hoja plana y delgada bajo el cordón que lo sujetaba a sus caderas. Dudó sólo un momento antes de cercenar el delgado cordón para dejar caer al suelo la tela, dejándola completamente desnuda en su cruz.

Sus ojos no se separaban de ella cuando volteó la daga en su mano. Ella se estremeció cuando él continuó su camino hacia abajo con la empuñadura del arma, deslizándola entre el vello de su pubis e introduciéndola lentamente en su interior tan profundamente como era posible. Arrastró la empuñadura por el clítoris, lo rodeó y oprimió y la llevo a su boca para sorber sus jugos. Sonrió, dio la vuelta a su montura y la dejó en su cruz.

Le vio alejarse. No podía rebajarse a llamarle y suplicarle por su liberación, una liberación que, estaba segura, no concedería. Se sintió deslumbrada cuando despuntó la luz del día y el calor empezó a aumentar.

El dolor en su pubis se añadió a la agonía. Sintió como si no hubiera parte de su cuerpo que no estuviera sometida al dolor, los músculos de sus hombros gritaban cuando su peso tiraba de ellos, sus brazos y pies firmemente atados ardían con la circulación casi paralizada. Sentía dentelladas y magulladuras en sus pechos y muslos, y la piel de su espalda estaba en carne viva por los azotes que había sufrido.

Nunca hubiera creído que él pudiera llevar las cosas tan lejos. La había castigado antes, pero siempre con el látigo. Algunas veces, la había tomado salvajemente por detrás. Sin embargo, nunca en público, y nunca la había ofrecido a otro para su placer.

A pesar de todo, lo había hecho. Y lo que es más, ella se había negado, las palabras habían salido de su boca antes de que pudiera pararlas. El horror de ser ofrecida a un senador, cuyas brutales pasiones eran bien conocidas, anuló su buen sentido y permitió que diera rienda suelta a sus sentimientos. No podía recordar ahora cuando había sucedido. ¨¿Había sido ayer? Su dolor era tan intenso que no podía recordar.

***

La represalia había sido rápida. Su amo la enganchó del pelo, largo y suave, y la forzó a arrodillarse delante de él, dándose por ofendido por su tono además de por sus comentarios, en los que comparaba al senador con un animal de establo.

La arrastró hasta su cámara y ató sus muñecas por encima de su cabeza a un poste preparado al efecto. A continuación invitó al senador a observar como azotaba su espalda, costados y muslos. Aún peor, la obligó a contar cada golpe. Habían sido más de cien esa primera vez.

Todavía recordaba las dementes incitaciones del senador cuando su amo cubría cada pulgada de su espalda y nalgas con cortes y señales del látigo. Podía escuchar aún como el cerdo se había dado placer con su propia mano. Su amo, tras haberla azotado hasta que se desmadejó contra el poste y no pudo seguir por más tiempo la cuenta, la tomó violentamente por detrás. Ignoró por completo sus gemidos cuando la penetraba una y otra vez hasta que sintió como si la hubieran partido en dos, tan grande era su agonía. La dejó allí el resto de la noche, colgando de sus muñecas porque no podía tenerse en pie. Sus piernas se negaban a sostenerla cuando la sangre goteaba por su espalda, mientras él dormía en la cama que siempre habían compartido.

***

Lentamente recuperó la conciencia y sintió los primeros aguijonazos arrastrarse por su piel cuando comenzó a sudar. Intentó moverse un poco, pero cada movimiento producía nuevas oleadas de dolor a su cuerpo torturado. No sabía el tiempo que llevaba colgada, ni le importaba. Lo único real era el dolor. No escuchaba los comentarios que hacían los hombres crucificados a su alrededor, o la gente que pasaba por la calzada. No sabía, ni le importaba, lo que se podía leer en la placa situada en lo alto de su cruz.

No podía ver las pollas tiesas de los hombres que se detenían a mirar su ajado cuerpo. No le importaba que ellos ansiaran la longitud de sus brazos y piernas, sus pechos llenos y redondos, la curva de su cintura y caderas, la sedosidad de su largo pelo. Ni sabía como anhelaban ardientemente el desnudo nido entre sus piernas. No sabía nada salvo la agonía de su cuerpo.

No prestaba atención a nada que no fuera el aura de su dolor hasta que llegaron los soldados a caballo. Habían salido a hacer algo de ejercicio. El miedo que sintió cuando se acercaron se intensificó cuando observó la crueldad de sus caras. Los comentarios que hacían sobre su cuerpo y el uso que podían hacer de él, le helaron la sangre. Eran libres de hacer lo que quisieran mientras ella colgara de la cruz. Nadie los detendría por aumentar su tortura si deseaban hacerlo.

Sus lascivos comentarios se fueron haciendo progresivamente más brutales. Entonces dos soldados tomaron la iniciativa y comenzaron a torturarla en serio. Acariciando las curvas de su cuerpo con una lanza, arrastraron su punta bajo el peso de un pecho para elevarlo. Sintió la aguda punta clavarse en su carne y su pecho palpitó con el esfuerzo realizado para mantenerse consciente.

Goteaba la sangre por la lanza mientras los soldados se mofaban. Cuando el primero limpiaba la sangre de su lanza en su propia cara, el segundo usaba su espada para trazar el camino que había recorrido la daga de su amo. La forzó a separar aún más las piernas con la punta de su pesada arma y tomó y arrancó un puñado del vello de entre sus piernas. Se rió cuando ella echó hacia atrás la cabeza, incapaz siquiera de gritar por el shock y el dolor.

Recuperó la voz cuando él usó la punta de la espada para apartar los labios de su nido, y, tomando la lanza de su compañero, empezó a empujar el pesado extremo del arma en su interior. Se rasgó en un grito cuando intentaba escapar del tormento al que la sometía. No pudo más, y piadosamente perdió el conocimiento, echando a perder su diversión, aunque intentaron reanimarla durante varios minutos, golpeando sus piernas y costados con la parte plana de la espada. Finalmente, dando fin a sus esfuerzos, la dejaron en pos de otros placeres.

Tras ésto ella fue a la deriva, sin estar segura de dónde estaba, porque no estaba plenamente consciente. Una vez pensó que su amo estaba allí, pero cuando pudo despertarse para mirar, se había ido de su vista. Se vino abajo y empezó a llorar en silencio. Las lágrimas dejaban rastros en el polvo que cubría su, en otro tiempo, suave piel, que ahora empezaba a arder bajo la áspera y ardiente mirada del sol.

No le importaba lo que fuera a ocurrirle a aquel cuerpo que había conocido tanto placer en manos de su amo. No podía soportar la idea de no volver a tocarle o de que otro que no fuera él la tocara a ella. Era tal su orgullo que le hubiera permitido morir en la cruz antes que pedir perdón por su insolencia.

***

La liberó del poste a la mañana siguiente, permitiendo que se bañara y atendiera a sus necesidades. Entonces le puso un pesado collar alrededor del cuello con una correa unida a él, y la llevó tras él a todos los lugares por los que deambuló en la quinta. Sólo le permitió un trapo para cubrir su pubis, dejándola desnuda salvo ese pequeño pedazo de tela.

De vez en cuando se detenía y, forzándola a ponerse de rodillas, apartaba su túnica y empujaba su cara hacia sus partes. La cogía del pelo situando la cara en donde quería y empujaba profundamente su polla en el interior de su garganta hasta que la ahogaba. A continuación la forzaba a lamerle los huevos y el culo. Cuando ya estaban bien limpios la obligaba a ponerse a cuatro patas y la tomaba como si fuera una perra y como a tal la trataba.

En una ocasión, al considerar que había tardado demasiado en una tarea, la arrastró de nuevo a sus habitaciones y la ató, nuevamente, al poste de flagelación. La azotó con el látigo hasta que ella gimió y la sangre goteó por sus heridas reabiertas. Entonces la tiró de espaldas en la cama.

En ese momento se mostró agradable. Lamió y chupó sus pechos hasta que, a pesar del dolor, los pezones se le pusieron duros. Gimió cuando su mano descendió hasta su vagina, nuevamente mojada, deslizando sus dedos por su clítoris hasta que su cuerpo empezó a moverse al ritmo de su mano. Entonces dirigió su boca a uno de sus pechos y mordió profundamente la carne suave. El golpe la había hecho gritar.

Sabía que no había terminado con ella. Continuó alternando entre excitarla y castigarla por su excitación, dejando mordiscos en sus pechos, costados y cuello. Luego se desplazó hacia abajo reemplazando su mano por su lengua. La llevó al extremo del clímax sólo para morderla viciosamente en sus tiernos muslos y lamer la sangre que provocaba.

La usó hasta que cada movimiento que ella hacía era un esfuerzo y una agonía, pero ella no podía hacer que las palabras acudieran: para pedirle que la dejase o la matase. Pero él aún podía excitarla. Su cuerpo respondía sin control a sus caricias.

Cuando le confirmó que su destino era ser crucificada había sido casi un alivio. Sabía que no podría resistir mucho más, y la perspectiva de la muerte era bienvenida en comparación con la tortura que soportaba. Estaba segura de que si la muerte no acudía la tortura continuaría sin fin.

***

Recuperó la lucidez al final de la tarde. Saliendo de su niebla, entrando en una confusión de dolor y calor, no podía sentir sus pies ni sus manos. Sentía sus brazos como si hubieran sido arrancados de sus articulaciones. Su pecho gritaba de agonía en cada respiración. Respirar se convertía en un esfuerzo. El sudor y la sangre formaban riachuelos sobre su piel, dejando estelas pegajosas en el polvo que la cubría. Su cabello, antes suave, se pegaba en sucios zarcillos a su talle y se adhería a la piel en carne viva de su espalda en los sitios donde la sangre se había secado.

Las moscas cubrían su cuerpo, y pululaban en cada orificio, celebrando el banquete de sangre y sudor que su cuerpo les ofrecía. Llevaba colgada casi diez horas. Su cabeza palpitaba del calor. Le resultaba difícil pensar o enfocar sus ojos bajo el sol deslumbrador. Creía haberle visto otra vez, cabalgando hacia ella pero no daba mucho crédito a sus ojos.

No podía soportar mirarle, porque se dio cuenta de que era real. Era incapaz de sentir otra cosa que una tenue incredulidad en que hubiera vuelto. “Estaba allí para continuar torturándola. ¿O para ver si todavía estaba viva?”

No alzaría la cabeza para mirarle. No podría soportar que le viera en la cruz, aunque hubiera sido él quién la había puesto en ella, él quién le había causado la peor tortura a su cuerpo y a su mente.

La observó unos minutos, vio como las moscas recorrían su cuerpo maltratado. Contemplando la dificultad de su respiración, sus ojos tropezaron con heridas nuevas. Se preguntó quien había tenido la temeridad de abusar de ella cuando estaba claramente escrito sobre la cruz que ella le pertenecía. Era suya para el abuso, suya para la caricia.

Se preguntó también, si ella sabía cuanto la deseaba. Sabía que poseer su cuerpo no era suficiente. Quería su alma. Siempre había sido lo suficientemente complaciente como para aceptar el placer que él podía dar a su cuerpo. Más aún, le había dado placer a cambio. Siempre se había preguntado si se entregaba a él porque la forzaba o porque lo deseaba.

Nunca la había tratado tan salvajemente. Con anterioridad nunca le había hecho más que azotarla por su insolencia. Le producía un gran placer ver las líneas de rojo brillante cruzar su espalda y sus nalgas. Siempre había sido mucho más sensible a él en la cama después de haber sido azotada. Se llegó hasta ella y recogió un puñado de su pelo enmarañado retirándolo de su cuerpo.

Por segunda vez, ella gritó. Al hacerlo su vejiga soltó la orina que retenía que se escurrió por el mástil, corrió entre sus piernas y goteó entre sus tobillos cruzados hasta alcanzar el polvo y la porquería en el suelo. Completamente humillada, desapareció su último resto de orgullo en la suciedad. Estalló en penosos, atormentados sollozos que no podía controlar. Le suplicó que pusiera fin a la agonía que no podía soportar más. Le imploró una liberación que su cuerpo no podía concederle.

Apenas fue consciente de que el mástil era abatido y sus ligaduras cortadas. Ni de que era llevada en la silla del caballo de su amo a su mansión.

Volvió en sí gritando cuando se despertó en el baño. Gemía en su agonía mientras su amo le bañaba la cabeza y le limpiaba las heridas. Después frotó su cuerpo con aceites y ungüentos mientras permanecía tumbada al lado del baño.

La llevó a la cama donde se acurrucó como una pelota. Él la obligó a beber de un jarrón un desagradable líquido y pronto su mente empezó a flotar y su dolor empezó a ceder. El amo la acunaba en sus brazos y le cepillaba suavemente el pelo retirándolo de su cara cuando cayó en un profundo y oscuro sueño.


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