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Lucía salió de la ducha, se secó con una toalla, se puso frente al espejo, y observó pensativa, contoneándose, los mil maravillosos detalles de su escultural cuerpo. Ella era joven, veintisiete años, y llevaba casada desde los veintiuno, con un atractivo, ambicioso y prometedor ejecutivo, Eduardo, hijo de buena familia. Al principio el matrimonio fue de perlas, pensó ella rememorando la manera de conocerlo, en una fiesta de estudiantes de Universidadà Luego vino la rutina, el tedio, las horas de soledad en casa mientras él trabajaba hasta altas horas de la nocheà

Ella lo amaba, pero era tan sosoà tan despreocupado de lo que ella sentía, del deseo, la desenfrenada pasión, las ganas de cometer locurasà

A veces, cuando salían de noche, para cenar, o en ocasiones especiales (Y tan especiales, porque eran RARAS vecesà) ella se vestía lo más provocativa posible, para darle celos, flirtear de forma inofensiva con otros hombres delante suyo, sin lograr provocar una especial reacción por su parte.





Sonrió, pensando que hace rato su marido Eduardo, preocupado, le confesó que varios compañeros de trabajo le habían encargado preparar la despedida de soltero de uno de ellos, y como no tenía experiencia en esos temas frívolos, estaba perdido y confuso. Ella, escuchándole, le dijo que no se preocupara, que sería ella la que llamaría y prepararía todo, a nombre de Eduardo. Y prometiendo que no diría nada a las esposas de los demás compañeros.

Al día siguiente, desde su trabajo (secretaria de dirección en una empresa de Servicios) fue probando en diversas direcciones de agencias que se dedicaban a suministrar servicios de tipo especial, para ocasiones como la que ella solicitaba. Tomó nota de una dirección, y se dirigió allí. A la entrada, una amable secretaria la hizo pasar, y al cabo de un rato ya estaba ella y otra señora planificando. Necesitarían un local amplio, para veinticinco personas, donde se serviría cena, con atractivo pase de modelos en lencería fina, y con música suave. Luego se serviría postre, café, copa y puro, con música más atrevida. Saldrían más chicas, bailarinas exóticas de Strip-Tease.

Se pondría música Disco, se apartarían las mesas, las chicas bailarían en lencería fina con todos los varones, pero sin propasarse. Era norma de la casa. “Ver, pero no tocar”.

Luego vendría el número final, después de una noche de baile y juerga. Una gran tarta sería puesta en el escenario, y con música especial, saldría de ella una chica, la mejor, quien haría un Strip-Tease, y caminaría entre el público, provocando. Dejaría que el homenajeado le comiese y sobase los pechos. Y fin de la fiesta. Incluso estaba previsto dejar a los invitados en sus respectivos hogares, en caso de que estuviesen “etilizados”

Todo estaba arreglado, pero Lucía pensó algo en ese momento, lo consultó con la amable señora, lo estuvieron hablando, y por fin, tuvo la aprobación de lo que quería añadir, a cambio de una suculenta propina. Lucía firmó los papeles y todo quedó arreglado para el gran día, dentro de dos semanas.

**************

Llegó la gran noche. Eduardo y otro compañero, con dos atractivas camareras, fueron dando paso a los invitados que iban llegando. Otras amables señoritas acompañaban e indicaban a los mismos los sitios donde se debían sentar. Todos venían ya un poco alegres, y a alguno se le escapaba la mano a las suntuosas nalgas de la chica que por allí pasaba, quien les correspondía con una sonrisa, o un guiño.

Ya todos sentados comenzaron la cena. Los platos iban desfilando, al igual que las bellezas que caminaban con elegantes ademanes por la pista, mostrando todos sus encantos, disimulados bajo la pícara lencería elegida para el evento. La última modelo, ataviada con un conjunto de braguita tanga, sujetador, liguero, medias y zapatos de color negro, caminó despacio, sonriente, hasta el final de la pista, donde se paró, dejó que todos los allí presentes contemplasen a placer sus turgentes formas, rugiendo, silbando, y se retiró, presentando su atractivo culito, sus piernas de impresión, su larga y estilizada figuraà

Pasaron la cena y el postre, se preparó la pista de baile, retirando las mesas, y las señoritas que antes se habían desnudado, salían vestidas, con ropa muy provocativa, para alternar y bailar con los invitados. Música Disco, luces especiales, ambiente sensual.





Eduardo bailaba con un bomboncito, una chica rubia que se le pegaba, se abrazaba a él. Eduardo estaba algo bebido, y se abrazó más a la mujer, bajando las manos muy despacio, a su culito. El resto de los invitados disfrutaba de lo lindo, algunos de ellos sentados con sus acompañantes, intentando propasarse, pero siendo controlados por las hábiles y sonrientes chicas.

El ambiente estaba cogiendo temperatura. Algunas señoritas empezaban a ceder al acoso de los audaces varones, cuando se cortó de improviso la música. Una presentadora anunció la salida de una espectacular tarta, que fue situada en el centro del escenario. Todos quedaron expectantes, y las señoritas se retiraron. Se apagaron las luces, excepto una central, que iluminaba la tarta.

Mediante un silencioso mecanismo hidráulico, la tarta se abrió, y apareció una bella mujer, con un antifaz plateado que le cubría los ojos, y vestida sólo con un sujetador y unas braguitas, calzada con zapatos de tacón de aguja.

Todos guardaron silencio. La bailarina danzaba al suave ritmo de la música, insinuante, sensitiva.

Se quitó el sujetador, danzando, dejando sus pechos en libertad, notando las miradas de deseo de todos aquellos desesperados y babeantes machos. Lujuriosa, sonriente, seguía bailando, contoneándose, sabiéndose deseada. Los hombres reaccionaron, gritaron, pedían la última prenda. Ella se volvió, se bajaba las bragas muy despacio, presentando su bonito culito. Se quitó la prenda y la arrojó, cayendo en la cara de Eduardo, casualmente. Eduardo, excitadísimo, olió y se guardó las braguitas.

La bailarina, al ritmo de la música, bajó del escenario, se acercó al homenajeado, y se sentó en sus piernas, dejando sus bonitos pechos al alcance de aquella babeante boca.

Todos gritaron, animaron al novio, quien se lanzó de cabeza entre aquellas tetas, chupando a placer. La mujer disfrutaba, jadeaba. Se abrazó a él, besándole en la boca. Luego empezó a acariciarle el tremendo bulto que pugnaba por romper el pantalón. Todos pudieron ver, repentinamente silenciosos, pues no se lo esperaban, cómo la hembra sacaba el pene, lo acariciaba, se lo llevaba a la boca, y lo chupaba con deleite, con el placer de una mujer que lleva tiempo sin ser amada, poseída.

Ella estuvo un rato chupando el miembro del futuro novio, quien disfrutaba con ojos cerrados del inesperado trance. Se subió encima, colocando la puntita en la entrada de su sexo, y notó cómo se introducía poco a poco, hasta lo más profundo. Jadeante, comenzó a moverse, a ritmo cada vez más rápido, notando cómo la verga llenaba cada recoveco de su ser. Estuvo así un tiempo, penetrada, follándose al indefenso macho, observada por todos aquellos enfebrecidos hombres. Se corrió una y otra vez en orgasmos encadenados, disfrutando de aquel enhiesto falo.

Notando que faltaba poco para que se corriese el hombre, la sacó y se la llevó a la boquita, y sacudió la polla hasta que un chorro de espeso y cálido semen brotó, cayendo en su boca, salpicando en sus tetas. Siguió chupando, hasta que no quedó ni gota. Ella saboreaba con deleite el manjar recién adquirido.

¿Es que nadie quiere follarme?- Dijo la salvaje dama.

Dicho y hecho. La bailarina fue levantada en vilo, puesta sobre una mesa, boca abajo, con las piernas abiertas. Mientras un macho la introducía el pene en su caliente sexo, otro le presentaba la polla para que se la chupara. Los demás se acercaban, la acariciaban el cuerpo, la chupabanà


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Eduardo se acercó, observando excitado la tremenda escena. Alguien le empujó, dijo que quería ver la cara de aquella Diosa del Sexo.

La mujer, que en ese momento era ensartada por el ano, y chupaba una enorme verga, no permitió en ningún momento que nadie le quitase el antifaz que le cubría poco más que los ojos.

Fue pasando la noche. Todos habían follado por lo menos dos veces a la bailarina, que en esos momentos estaba abierta de piernas, dejándose chupar el coñito por un invitado, mientras otro se corría en su boca. La chica estaba literalmente cubierta de sudor, saliva y semen, exhausta, satisfecha.

Eduardo permanecía sentado, masturbándose mientras contemplaba, se acercó y se corrió sobre la abierta boquita de la chica, y dejó que ella le chupase el pene, dejándolo sin rastro de esperma.

Las luces brillaron con un poco de música suave, y dos camareros se acercaron a ayudar a la cansada y feliz bailarina, se la llevaron en brazos. Todos los invitados, algunos de ellos completamente borrachos, se recompusieron como pudieron sus ropas, y se iban retirando poco a poco, no sin antes felicitar a Eduardo por la mejor despedida de soltero que habían celebrado hasta ahora.

Eduardo estaba contento. Entre los invitados había algún que otro jefe suyo. Esto le valdría para ser más reconocido en el ámbito laboral. Estaba deseando llegar a su casa, para ver si había llegado su mujer, Lucía, de la Despedida de las chicas, y felicitarla.

Por fin llegó a casa. Entró en el dormitorio. Lucía estaba echada, dormida. Él se echó a su lado y durmió.

Al levantarse, Eduardo besó a su mujer. Lucía se despertó, sonriente, y le preguntó qué tal le fue en la despedida, pues ella se retiró pronto de la despedida de las chicas, con dolor de cabeza.

Eduardo la felicitó, fue todo un éxito. La besó.

Prométeme, Eduardo, que me avisarás cuando haya que hacer algo así, me gustaría ayudarte.

Tranquila, amor mío. Lo haré.

Lucía se quitó el camisón, para cambiarse, no sin antes pensar en la intensa noche de placer que experimentó. Cogió el plateado Antifaz y lo guardó de recuerdo en su cajón secreto. Sonrió, acariciándose los pechos.


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