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Cuando mi querido hermano Oscar se casó con Magdalena, consideré la persona de su esposa, con el tradicional punto de vista crítico con que solemos comportarnos todas las cuñadas del mundo.

Sin embargo, después de un análisis detallado y prolijo de su aspecto físico, realizado en sentido vertical, desde arriba hacia abajo, pasando por mis drásticos filtros sus ojos verdes profundos, su nariz casi perfecta, su boca moderadamente sensual, su cuello diáfano, sus pechos cercanos a la perfección, sino fuera que el izquierdo es ligeramente más grande que el derecho, su vientre de una curva delicada, sus muslos de concurso, esa piel de un semi tostado legitimo y ese trasero frente al cual lo único que había que hacer, era ponerse de pie y aplaudir, debí reconocer que no tenía otra alternativa que hacerme su aliada, sino quería yo pasar a último plano en la jerarquía familiar.

Porque mi familia es de principios.

Somos ese grupo que conserva lo mejor de los valores tradicionales, con todas las ventajas y facilidades que proporciona el dinero y la consiguiente incorporación de la tecnología en todos sus aspectos.

Por eso mismo, yo no me he casado, porque difícilmente voy a conseguir un ambiente como el que tengo, que me permite ser decente y liberada al mismo tiempo. Eso no es posible con un macho posesivo al lado.

Pero era justamente en el terreno de los valores donde mi adorada cuñada nos iba a dar su máxima lección y donde se origina esta historia que si no la cuento me reviento.

Habían transcurrido casi cinco meses de matrimonio, no solo feliz sino que perfecto, como no podría ser de otro modo en mi familia, cuando una tarde de Domingo, luego del acostumbrado asado familiar, mi hermosa cuñada estaba tendida en el césped como una. Diosa. A su lado lucia yo mi anatomía menos perfecta, pero que bastante satisfacciones me ha proporcionado, cuando ella me dijo con esa voz suave, grave y seductora.

– Mercedes… tengo que hablarte.





Dicha así en ese contexto de intimidad, uno sabe que esa frase no se pronuncia para hablar del tiempo o de los precios de la bolsa, sino que, entre mujeres, es el preámbulo de algo personal , más que personal , íntimo, más que intimo, erótico y considerando que era yo la interlocutora, inmediatamente pensé en algo sexual promiscuo y prohibido, de modo que movida como por un resorte me puse de pie ante la perceptiva y le dije .

– Vamos a mi pieza

Yo no estaba equivocada.

Magdalena, para hacer un poco de honor a su Bíblica antecesora, esbozó unas lágrimas, pero estas se negaron rotundamente a salir , de modo que abandonando el intento dramático, mi cuñada comenzó la confesión que tenia atragantada al parecer desde semanas.

Comenzó por decirme que ella no había llegado virgen al matrimonio y que antes de mi hermano, algunos varones, no muchos, habían visitado sus santos lugares, con su pleno asentimiento a lo que yo le dije, así como por solidaridad gremial, que eso era lo normal en estos tiempos y que por mi parte había sido yo bastante generosa al compartir mis atributos femeninos con varios machos no merecedores de tales favores.

Eso pareció tranquilizarla y le dio ánimos para continuar

.

Me dijo que eso no la acongojaba tanto, sino que el verdadero problema era Felipe.

Felipe… dije yo, como si lo conociera, pero solamente era para darle confianza porque la curiosidad me incendiaba.

La bella me dijo que Felipe, era el último hombre que había conocido antes de mi hermano y que cuando ella se casó, dio largas a Felipe dejándole muy claro que todo terminaba entre ellos para siempre, pero que el Felipe, le había dicho, muy suelto me cuerpo, que el no se hacía problemas, que no era nada de celoso ni posesivo y que se casara tranquila, que el la llamaría unos cuatro meses después de la boda para reiniciar sus encuentros de los días jueves y cuando se despidió, así como con un toque mesiánico le había dicho.

– Te vas a dar cuenta que soy un hombre inolvidable.

Magdalena me dijo, y yo le creo, que ella se había olvidado por completo del Felipe, sobre todo porque era tan feliz en su matrimonio que nunca ni un solo instante había añorado nada de lo vivido antes de casarse y que la dicha le rebosaba por todos los contornos. Pero que, el último jueves del mes pasado, como a eso de las cuatro de la tarde, había sonado el teléfono y al levantar el auricular había reconocido espantada la voz del Felipe.

Y que hiciste? , le dije yo , con los ojos dilatados.

– Nada… me contestó.. No hice nada. Me dominé y no dije palabra, pero paralizada no pude colgar el teléfono y escuché claramente cuando Felipe me dijo.

– Bueno… preciosa. Te espero el próximo jueves a la hora de costumbre.

La Magdalena estaba nerviosa, se apretaba los dedos de las manos y se estiraba el cabello a cada instante y luego mirándome a los ojos y tomando mis manos entre las suyas me dijo.

– Mercedes …para mi por sobre todas las cosas del mundo esta la fidelidad.

– De acuerdo – le dije- porque en realidad no se me hacía la idea de un hermano cornudo- No veo el problema , si tu estas en esa disposición.

La hermosa mujer guardó silencio unos segundos y luego continuó.

– No es tan sencillo – me dijo… Desde ese jueves, he debido comenzar una lucha contra mis propios pensamientos que me abrazan a cualquiera hora del día. Comencé a recordar cosas que había sepultado. La imagen de Felipe se me aparecía diabólicamente antes de dormir y tenía verdadero miedo que llegara el próximo jueves. Pensé en cortar el teléfono, pero por alguna razón no llegué a hacerlo. El miércoles en la noche casi no dormí y el jueves en la tarde salí a caminar por el barrio regresando solamente cerca de las seis. Apenas entré en la casa sonó el teléfono, por supuesto no contesté, pero volvió a sonar. El sonido me producía una inquietud rara, incomoda, me di cuenta que tenia tibia la piel y con horror comprobé que, sin quererlo, el sonido del teléfono me había excitado a tal modo que la ropa parecía molestarme.

La mujer me miraba ahora con los ojos brillantes y el rostro tenso, como asustada. Me dijo que, por último no pudo resistir y levantó el auricular para poner fin a ese tormento y allí escuchó la voz de Felipe que simplemente le dijo.

– Te estoy esperando.

En ese momento había pasado por su mente la idea de tomar su coche y correr hacia la oficina donde Felipe la esperaba para de alguna forma recuperar la tranquilidad. Pero se había sobrepuesto, que se había quedado con el teléfono en la mano ,pero sin poder contenerse se había acariciado con el aparato, porque lo necesitaba, primero en el rostro ardiente y luego en los pechos por sobre la blusa, para liberar luego sus tetas y rozar sus pezones con el auricular ocasionándose un placer enloquecedor y luego recorrerse los muslos con verdadero deleite, aprisionar el aparato entre ellos e introducirlo luego bajo sus bragas para acariciar su sexo loco hasta producirse un orgasmo salvaje que la volvió a la tranquilidad.





Lo que mi cuñada me había relatado me produjo una natural reacción de excitación sexual. ¿Cómo podía quedarme indiferente si una mujer monumental como la que ahí estaba sentada en mi cama tan solo cubierta por un bañador pequeño me contaba una intimidad de tamañas características eróticas?.

Pero no dije nada y seguí escuchando

Me dijo luego, que no estaba arrepentida de lo que había hecho porque de ese modo , ese día, había salvado su fidelidad.

Me parecía francamente increíble lo que había escuchado. Era una historia en parte excitante, en parte admirable. Aunque yo con mi mente semi perversa en primera instancia habría querido aconsejarle que se acostara con Felipe para que la dejara tranquila de una vez por todas, por otro lado me conmovía en cierto sentido la lucha que mi cuñada estaba dando contra los demonios que atentaban contra su fidelidad.

Raro, pense yo… pero excitante y no pude seguir pensando porque Magdalena continuó.

Tu creerás Mercedes que estoy perturbada, pero no es así, simplemente te cuento la que me pasa realmente.

 

Fíjate que después de esa tarde, decidí unirme a mi marido con mayor pasión, para, de ese modo, barrer de mi mente y de mi cuerpo toda tentación de infidelidad.

De ese modo me comporté cada noche de la forma más provocativa que podía imaginar. Inventé mil juegos algunos de los cuales no me atrevo a contarte, hice que mi marido me recorriera de todas las formas que quisiera, nos levantábamos del lecho para hacer el amor en la cochera, bajo las plantas del jardín, sobre el comedor y me comporté como una prostituta excitando a tu hermano a niveles nunca soñados quedando los dos rendidos por el sexo.

Creí realmente haber superado mi problema de tal modo que ese jueves me quedé tranquilamente en la casa y me alegré, cuando a las cuatro de la tarde el teléfono permaneció silencioso, de modo que continué viendo mi programa de tv.

Transcurridos varios minutos me puse de pie para ir a la cocina por un vaso de jugo y al pasar junto al teléfono me detuve y levanté el auricular para cerciorarme que el teléfono estaba funcionando y comprobé que en realidad Felipe no me había llamado.

Ya cerca de una hora había pasado cuando me di cuenta que estaba muy inquieta, en lugar de estar tranquila, me paseaba nerviosa por la habitación y en un momento creí escuchar pasos en la entrada y pense que quizás Felipe, en su audacia había decidido ir a la casa. Corrí a la puerta y no había nadie. Mi corazón palpitaba aceleradamente, cuando volví al lugar del teléfono, tan solo para cerciorarme que hacia minutos que estaba deseando que el maldito teléfono sonara porque el deseo me había embriagado y ya no podía contenerme.

Me estaba acariciando locamente había colocado entre mis piernas el respaldo de la silla de descanso y rozando mi sexo rítmicamente sobre el lo hacia acariciar mis labios estrujando mis bragas contra el, en un movimiento que por momentos me parecía enloquecedor.

Con la vista fija en el teléfono que seguía silencioso me fui tendiendo sobre la alfombra arrastrando la silla conmigo y fue entonces cuando el sonido del teléfono desencadenó en mi cuerpo un orgasmo mucho mayor que todos los que durante las noches de la semana había sentido junto a mi esposo.

Cuando luego de unos minutos recomponía mis ropas me di cuenta que había pasado otro jueves y había permanecido fiel.

La mujer permaneció ahora en un silencio que yo respeté, si bien debí reconocer que su relato me había conmovido brutalmente en algunas partes de mi cuerpo, porque no podía permanecer impasible escuchando como este monumento de hembra me describía con todo lujo de detalles las más formidables masturbaciones que ella desarrollaba todos los jueves como un homenaje en el altar de la fidelidad.

Me di cuenta que seguramente esas prácticas solitarias, junto a las incendiarias sesiones de sexo con mi hermano, eran las que habían convertido su cuerpo en un volcán a punto de estallar.

En ese momento Magdalena se puso de pie dejando sus muslos a la altura de mis ojos y mientras yo los contemplaba deslumbrada escuche su voz diciéndome.

– Ya no puedo resistir mas… quiero que el próximo jueves me acompañes porque sé que si estoy sola no podré resistir y volaré a los brazos de Felipe.

Fue así como ese jueves , con el pretexto de una invitación a tomar el té, me aparecí en la casa de mi cuñada a las cuatro de la tarde.

Magdalena estaba alegre con mi presencia y llena de felicidad porque su confidencia conmigo nos había acercado lo suficiente como para compartir su problema y poder ayudarla.

A las cuatro treinta en punto sonó el teléfono y le dije a Magdalena que no contestara.

Ella obedeció. Después de un corto momento de silencio el aparato volvió a sonar y casi en forma automática nos pusimos de pie y caminamos hacia la mesa.

Ella quiso alargar la mano y levantar el auricular pero yo se la retuve. Su mano estaba caliente, le toqué el rostro y parecía estar afiebrada.

La abracé entonces tiernamente, como para protegerla, y me di cuenta que su corazón latía desbocado. Junté mi mejilla a la suya y como el teléfono había dejado de sonar le hablé suavemente mientras acariciaba su rostro.

Magdalena, vamos, cálmate… yo estoy aquí para ayudarte.

El teléfono volvió a sonar y Magdalena abrazándome, parecía gemir al decirme.

– Tengo que ir… no resisto mas

. Entonces la retuve con fuerza contra mi pecho y metí mi mano entre sus piernas levantando su falda. Sus muslos ardían y luego pude constatar que su braga estaba mojada.

La estaba desnudando y apareció en mi mente, en forma nítida, la idea que se me había alojado desde nuestra conversación del domingo.

Porque todos estos días no había hecho otra cosa que desearla. Busqué sus labios y la besé, comprobando con alegría que la hembra respondía a mis besos en forma incendiaria.

Nuestras lenguas dialogaban locamente mientras ella me desnudaba presurosa para que luego de unos minutos deliciosos nuestros cuerpos desnudos se reconocieran plácidamente.

Sin dejar de besarnos nos fuimos deslizando hasta la alfombra y allí nos buscamos con deleite.

Eramos dos hembras que de tanto compartir la situación pasional de Magdalena, habíamos acumulado una tensión erótica descomunal y que por fin teníamos la oportunidad de desplegarla a plenitud sin privarse de nada y así buscamos los mejores ángulos para nuestros cuerpos ardientes y dimos rienda suelta a nuestra imaginación y pude comprobar por fin la real hermosura de esta hembra haciéndola mía de formas cada vez más audaces.

Me abrí para recibir sus dedos y su lengua y me apoderé de sus pezones mientras ella buscaba mis profundidades repitiendo mi nombre.

Nos hicimos el amor durante un tiempo que no terminaba de pasar y recogimos en nuestras bocas los orgasmos que nos ocasionaba el teléfono cada vez que sonaba.

Caía la noche cuando en medio de las últimas y más provocativas de las caricias, nos juramos repetir esta ceremonia subyugante todos los jueves, asegurando de ese modo que mi hermosa cuñada conservaría para siempre su fidelidad.

Creo que es algo que tengo que hacer por la felicidad de la familia.

¿ No lo creen así Uds.?


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