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La puerta se abrió y renovó el aire de nuestros cuerpos. Fuera en la calle las pocas personas que caminaban por ella lo hacían con gran desgana por la temperatura pesada y aletargante. El local era pequeño y acogedor, decorado con un fino gusto moderno que cualquiera persona clásica en pocos minutos se sentiría cómoda. Rápidamente el camarero encargado de recibir a la gente nos acomodó en mi lugar preferido.

Había tenido una mañana estupenda, todo salía como si del mejor táctico se tratara, sólo quedaba la demostración definitiva de nuestra maquina innovadora a Qásem, nuestro mejor cliente de los Países Árabes.

De pronto mi acompañante me hizo una señal de admiración, abriendo los ojos y mordiéndose los labios, para que observara como al final del salón entraba una mujer que rápidamente se dirigía hacia nosotros. Se trataba de Eva, con su cabello rubio y alborotado como las niñas de veinte años, un pantalón ceñido a su contorneada cadera y a sus largas piernas, zapatos altos que al andar le hacían balancearse y mi última blusa sin estrenar que le hacía marcar bien sus firmes senos. Estaba realmente orgulloso de mi esposa.

– Hola Juan, al final he tenido algunos contratiempos en el restaurante y no he podido ir a comer con tu hermana.





– – – Eva, te presento a Qásem, el mejor anfitrión que tuve en El Cairo como ya te conté. Qásem, mi esposa Eva.

– – Noté como mi cliente se sorprendió al no esperar que aquella estupenda mujer fuese mi esposa, pero enseguida salió del paso

– – – Señora, es un gran placer conocerla y sería un hombre afortunado si permitiera que la invitase a comer con nosotros.

– – – Pues con mucho placer lo acepto, pero si me permitís que yo elija el menú y mientras vosotros habláis de vuestras cosas, yo voy a dar unos consejos al personal. – – Me sorprendió que mi esposa asediara a la invitación pues nunca lo había hecho en mis comidas de negocio, claro que aquel hombre con su porte tan varonil y modales refinados seguramente le había impresionado.

– – Después de un buen rato hablando de los detalles de la operación comercial y de tomar unos aperitivos se incorporó mi esposa a la comida, interesándose por todos lo relativo al árabe, e incluso coqueteó con él dejando abierta la camisa para que le viese bien sus preciosos pechos. La verdad es que los dos se lo estaban pasando estupendamente con sus conversaciones pícaras y de dobles sentidos, estaban realmente entusiasmados. – – La comida se había prolongado algo mas de lo normal, ya no quedaba nadie en el salón y la hora en que le podía enseñar nuestro producto a pleno rendimiento se acercaba, por lo que me ausenté de la mesa para hablar por teléfono. Estaba dándole algunos detalles al gerente de mi empresa cuando enfrente de mí observé en un gran espejo donde se reflejaba mi esposa y Qásem, y cual fue mi sorpresa que el hombre metía la mano por entre las piernas de Eva, ella con los ojos cerrados y mordiéndose el labio inferior se retorcía de gusto y le magreaba por encima del pantalón el miembro masculino.

– – Continué hablando por teléfono un rato más sin perder detalle de lo estupendamente que se lo estaban haciendo y luego regresé con ellos, no antes de haberme despedido bien alto para que me oyesen.

– – – Juan, le he estado comentando a Qásem lo bien que haces el café Irlandés y si te parece podríamos invitarlo a cenar esta noche en casa.

– – Mi cliente tenía que regresar esa misma tarde a su país pero los encantos de mi mujer lo embaucaron y admitió posponer su vuelta para el día siguiente y yo tuve que aceptar la idea de mi mujer. Debo decir que somos una pareja perfecta, la sinceridad y sobre todo en el sexo es absoluta. Nuestro mayor problema es que nos encanta el sexo. No somos homosexuales pero no tenemos ningún reparo en probar y practicar las experiencias que sean, de hecho habíamos realizado una vez un trío con una amiga de ella y los tres lo pasamos de lo lindo. – – Me dirigí a mi empresa a la tan esperada demostración con Qásem, saliendo todo a la perfección y cerrando uno de los mejores tratos del ejercicio en curso. Después él se fue para su hotel a descansar un rato hasta la hora de la cena. Cuando llegué a casa le pregunté a Eva si había disfrutado con mi cliente y que yo lo había visto todo y ella me respondió con una sonrisa picarona en sus labios que hacía mucho tiempo que no se le ponía su braga empapada con solo hablar con otra persona y que había decidido follarnos esa noche a los dos.

– – Sonó las nueve en el viejo reloj de pared de mi abuelo y como si de un eco distorsionado se tratara se escuchó el sonido de la puerta que llamaban. Puntualmente Qásem, hacía acto de presencia. Y qué presencia, traía puesta la ropa de etiqueta árabe, una chilaba blanca y la cabeza descubierta. Su rostro de piel morena y varonil junto con aquella blancura de vestuario, impresionaba a primera vista. Le saludé cordialmente en su lengua natal y nos dirigimos al salón. Al llegar a la misma puerta nos quedamos los dos clavados con nuestros ojos mirando hacia arriba. Un ángel descendía por la gran escalera que comunicaba al salón.





– – Eva bajaba radiante. El cabello rubio suelto hacia un lado y recogido hacia el otro dejando ver su perfecto cuello, un vestido turquesa largo con una abertura que le salía su pierna completa y un escote que permitía ver sus estupendos pechos con su ligera inclinación hacia arriba. Sus ojos le brillaban. Ella sonreía al ver que había tenido el efecto que había pretendido. Me adelante y ofreciéndole mi mano, le ayudé a descender los últimos escalones. Mi mujer se acercó a Qásem y le dio un beso en cada mejilla apretándose contra su cuerpo para que la sintiese y oliese su perfume excitador. – – La comida transcurrió casi de igual forma que la anterior. Qásem tenía anécdotas de todo tipo, sobre todo de las referente al sexo, y Eva le sacaba siempre el doble sentido picaron a las frases. De vez en cuando notaba cómo mi mujer metía la mano por debajo de la mesa, y por el gesto de sorpresa del otro, supongo que le estaba cogiendo sus partes. – – Terminada la cena, me tocó el turno de preparar mi café irlandés, que según mi esposa poseía dones afrodisíacos, por lo que me levanté y me fui a la cocina. Cuando regresé, de pie junto a la chimenea, Qásem y mi esposa se besaban y refregaban como dos enamorados.

– – Me acerqué con la bandeja como si nada estuviera pasando. El árabe al verme dio un respingo y se apartó abrumado, pero Eva que me había visto llegar lo agarró y le dio un apretón fuerte estrechándolo contra su pecho y metiéndole la lengua en la boca le hizo ver que no importaba que yo estuviese allí.

– – Me recosté en mi sillón a tomarme mi café irlandés y a disfrutar del espectáculo. Era realmente alucinante ver cómo mi esposa estaba tan salida como una perra en celo. El hombre me miraba de reojo, teniéndola cogida por la cintura y sin ningún trabajo le deslizó su vestido hasta la cintura, dejando al descubierto los exquisitos pechos, seguidamente dirigió su boca hacia los pezones que se los comió como un gran experto y mientras deslizaba su lengua hacia el ombligo le fue quitando su vestido dejándola completamente en cueros pues no llevaba ni sujetador ni bragas. Después Eva se fue hacia el sofá, se montó encima con las manos apoyadas en el respaldo, las piernas abiertas y moviendo su trasero le ofreció su coño chorreante. Mi cliente se dirigió hacia aquel coño caliente y húmedo e introdujo su lengua mientras mi esposa emitía grandes chillidos de placer.

– – Al cabo de un buen rato de estar en esa labor Eva se bajo del sofá, se me acercó, me sobó la polla y dándome un beso me susurró: – – – Prepárate porque quiero que tú también disfrutes de él.

– – Se dirigió hacia Qásem, le metió su lengua en la boca mientras le subía la chilaba, se agachó hasta la altura de la bragueta y empezó a darle mordiscos por encima del pantalón mientras le desabrochaba para luego bajárselos y dejar al descubierto su polla. – – Recostado en mi sillón, no tuve más remedio que incorporarme un poco al ver aquella enorme polla, había escuchado que los moros tenían el miembro viril bastante desarrollado pero no creía que pudiese haberla de tan descomunales dimensiones. Eva me miraba mientras agarraba la polla con las dos manos y a la vez lamía todo el capullo. Le dijo al hombre que se tendiese en la alfombra y seguidamente me llamó para que me acercara, cosa que hice pues tenía gran curiosidad de verla más cerca. Realmente era grande, medía mucho más en grosor y largura que la mía. En determinado momento, mi esposa me cogió por la mano y me la acercó al miembro de Qásem, la agarré y la sensación de aquel falo en mi mano era diferente a cuando me la cogía yo. Era un gran trozo de músculo duro y caliente pero muy suave, notaba unos pequeños bultos que le recorrían toda su largura debido a unas pequeñas venas cargadas de sangre. Mientras movía mi mano de arriba a abajo, mi mujer se introducía el capullo en la boca, lubricándolo con su saliva y haciendo que mi mano se deslizara suavemente. Después me dijo ella que la chupase yo, y sin que me lo tuviese que decir dos veces metí aquella polla en mi boca. Mi mente se embriagó de sexo, no sabía lo que yo era si hombre o mujer. Realmente me encantaba aquella polla. La chupé, la lamí, la mordisqueé y me la metí hasta la garganta no sé durante cuánto tiempo hasta que Eva se montó encima, me hizo que la apuntase a su concha y vi con todo detalle cómo el falo se iba abriendo paso hacia el interior de mi mujer y cómo su coño se iba llenando.


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– – Estaba que no podía con la excitación morbosa del momento. Me desnudé y acerqué mi polla a la boca de mi esposa que jadeaba por las embestidas que le estaba dando al miembro viril de Qásem, se la metió en su boca sin dejar de follar. Al rato tuvo que parar pues estaba realmente cansada de tantos desenfrenados movimiento. En cuanto se la sacó de su húmedo coño, sin perder tiempo me lancé hacia la polla del árabe para saborear aquellos líquidos que habían soltado. Mientras me comía aquella tranca mi compañera se llenó las manos con gelatina que había sobrado de la comida y colocándose detrás de mí comenzó a chuparme el culo, cosa que siempre me hacía enloquecer. Estuvimos un buen rato en esa postura, el suficiente para que Eva pudiese meterme, primero uno, después dos y hasta tres dedos en mi culo sin dificultad por la gelatina que me introdujo dentro. Cuando creyó que mi esfínter anal estaba lo suficientemente dilatado le dijo a Qásem.

– – – Ahora quiero que me folles bestialmente por el culo a través de mi marido. – – Se colocó a cuatro patas delante de mí, agarró mi polla y poco a poco se la fue metiendo por el ano. Cuando mis huevos chocaban con su esfínter anal me agarró por mis nalgas, me las abrió y le dijo a Qásem que me la metiese despacio. Sentí la cabeza caliente y palpitante de la polla de mi cliente llamar a la puerta de mi interior que palpitaba deseoso de que me llenara como antes había visto hacerlo con mi mujer. Conforme entraba me sentí marear, pero era un dolor dulce y deseoso. No sé cómo, pero entró entera, sentía mi culo dilatado y lleno de carne de hombre. Sus huevos me apretaban el trasero como queriendo también entrar.

– – Poco a poco me la iba sacando para luego, un poco más rápido, hacer el mismo ritual de entrada. Por fin el dolor se disipó, para dejar pasar sólo al placer. Mi mujer gritaba y le decía al moro que nos follase fuerte y sin compasión, y yo dejaba entrar aquella tranca para que me abriera del todo. Qásem profirió palabras en árabe mientras me follaba como un animal. Cada embestida que me daba, mi polla entraba en el culo de mi mujer hasta los cojones. Los dos se movían a la vez y me aprisionaban por delante y por detrás. – – Cuando yo creía que ya no podía haber mejor placer que el que estaba recibiendo, sentí como la polla de aquel hombrón se dilataba aún más y entraba hasta los huevos llenándose mi interior de un liquido caliente y balsámico que hacía que sus últimas embestidas resbalasen perfectamente por mi interior. Me sentía tan satisfecho de que Qásem disfrutara tanto y se hubiese corrido dentro de mí que enseguida lo hice también y supongo que Eva sentiría lo mismo que yo por los gritos de placer que emitió.

– – Enseguida de haberme corrido, mi compañera se zafó de mí, se dirigió a mi culo, sacó la polla del árabe de mi agujero y sentí como unos cuajarones de semen salían de mi ano resbalando por mis testículos y piernas. Eva se quedó admirada de lo dilatado que lo tenía, chupo el miembro y mi ano metiendo su lengua dentro de mí para tragarse los restos de semen de Qásem. Según me dijo después mi agujero estaba totalmente abierto, una polla como la mía me hubiese entrado sin rozar las paredes.

– – Sólo queda deciros que yo creía que era una cosa muy mala de que un hombre tuviese relación con otro, pero os diré que me sigo considerando tan macho como antes, le sigo dando tanto o más placer a Eva que unos años atrás. Y una cosa más, cuando se tercia, follo con un tío pues también me da placer.

Categorías: Lesbicos

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