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Todo empezó como por casualidad. Tantos años juntos, explorándonos, gozándonos mutuamente, habían hecho recaer cierta rutina sobre nosotros.

Desde hacía tres semanas lo habíamos acordado. Visitaríamos un bar de ambiente liberal, que es como se denomina a esa clase de locales. Teníamos claro que sólo sería una incursión ilustrativa, para saber qué tipo de ambiente se da en esos locales. Esa noche daríamos el paso de despejar nuestras dudas y descubrir nuevas formas de excitación.

Al llegar a la puerta del local sentí un impulso enorme de dar pasos atrás y volver por donde habíamos llegado. Llamamos a la puerta y un señor muy amable nos invitó a pasar, no sin antes explicarnos en qué consistía aquello. Al poco rato una chica nos enseñó las distintas dependencias del pub y poco después estábamos con la primera copa en la mano. Nos sentamos en dos cómodos sillones, en la parte de los reservados, mientras saboreábamos nuestras bebidas y comentábamos la primera impresión recibida. El ambiente era cálido y acogedor, aunque un poco inquietante, por la desconfianza que aún sentíamos.

Observando a mi alrededor pude ver a varias parejas que se entregaban a distintas caricias y juegos pero siempre dentro de los límites de lo “normal”. De todas las dependencias que habíamos visto nos decantamos por la sala de baile oscura. La oscuridad de su interior era asombrosa, opaca, se podría decir que sólida. Hicimos la primera aproximación pero salimos de ella rápidamente porque la sensación de indefensión era tremenda. Hablamos y decidimos volver a entrar pero asumiendo las consecuencias. Mientras bailábamos en el interior noté como algunas manos desconocidas me rozaban los glúteos y otros dedos furtivos rozaban mis brazos y los hombros de ella. Ella estaba incómoda porque no le agradaba que otras manos la tocaran pero traté de tranquilizarla con besos y caricias. Al poco tiempo le propuse que nos separáramos y diéramos rienda suelta a la imaginación. Debía ser una gran experiencia dar una vuelta por el habitáculo y descubrir las sorpresas escondidas en cada rincón.

Para mi desagrado empecé a tropezar con hombres, o eso creía, debido a su corpulencia, pero no tardé en dar con una mujer. Extendí las manos y las posé sobre sus senos. Eran firmes y no demasiado abundantes pero el calor de su cuerpo me excitó. Ella se acercó a mí y puso su culo sobre mi entrepierna mientras seguía con el baile. Yo masajeaba sus pechos mientras besaba su pelo pero pronto giró la cabeza y me ofreció su boca y nos besamos con frenesí. Mi miembro erecto presionaba sus nalgas y sus manos se posaron sobre mi mano izquierda y tiraron de ella hacia abajo hasta llegar a la altura de sus ingles. Para mi sorpresa ya había otra mano entre sus piernas y me susurró que yo también la acariciara. Deslicé mi mano sobre el vello de su pubis y pronto noté la humedad de su sexo, a la vez que sentía la otra mano entrar y salir rítmicamente de su interior. Una mano se posó sobre mi bragueta y comenzó a presionar con fuerza mi polla que estaba tremendamente dura.

Al poco rato sentí que sus gemidos se hacía cada vez más fuertes y pronto noté como una oleada de flujo inundaba su sexo como consecuencia de los masajes. Se corrió casi en silencio, sin dejar de besarme. Apartó las manos de su concha, se dio la vuelta y me dijo que si quería que fuéramos a una de las habitaciones de la parte de arriba. Le dije que me acompañara a la zona de fuera para hablar con ella y accedió. Cuando salimos la pude ver. Era una mujer de algo más de cuarenta años, con pelo rubio típico de las mujeres de esa edad. Era realmente voluptuosa, sus anchas caderas y sus prietas nalgas hacían las delicias de cualquier hombre que supiera apreciar los encantos de una mujer. Le expliqué que mi pareja se encontraba dentro de la sala de baile y que lo que había ocurrido en el interior no estaba dentro de los planes, mi temor de que ella se enfadase y mis dudas sobre su proposición. Mientras dialogábamos miré hacia un lado y vi a mi pareja sobre uno de los sillones. Estaba acompañada por un hombre de los que le gustan, alto, fuerte, con unas inmensas manos que paseaban sobre toda su anatomía. Al fijarme bien me percaté de que ella estaba acariciando su sexo, mientras se besaban con desenfreno. Mi acompañante me miró y me dijo que ya no debía tener dudas sobre qué hacer. La cogí de la mano y juntos nos acercamos donde estaba Alicia. Al verme esbozó una sonrisa que me excitó muchísimo. Era una sonrisa muy sexual, como dejando a las claras lo bien que lo estaba pasando. Su acompañante no dejó pasar más tiempo y la cogió por la barbilla y volvió a besarla, pero esta vez aún con más fuerza, mientras pasaba una de sus manos por sus tetas y la otra por su generoso culo. Ella se dejaba hacer con naturalidad y yo estaba cada vez más cachondo. Le dije que me iba hacia la parte de arriba con mi nueva pareja y, sin perder más tiempo, nos dirigimos hacia las habitaciones.




Nuestra primera intención era ocupar una de las habitaciones que se podían cerrar desde dentro pero, al ver que todas estaban ocupadas, decidimos meternos en la que tenía una cama anormalmente grande y que no tenía la posibilidad de ser cerrada desde dentro. La tendí suavemente en la cama y comencé a acariciar sus piernas desde los tobillos hasta sus muslos con suavidad, sin prisas, delicadamente. Quería que disfrutase como nunca lo hubiese hecho por reafirmar mi condición de macho, realmente tocada por el espectáculo que me había ofrecido Alicia en los reservados. Pasé mi lengua por la cara interna de sus muslos hasta las ingles, rozando con los labios su sexo y dejando que mi aliento acariciase cada rincón de su vulva. Ella se retorcía sobre la cama y sus ruidos guturales me animaban a seguir un poco más con las caricias. Me recosté sobre su lado y pasé mi lengua sobre sus pezones, por encima del sujetador, humedeciéndolo, para después soplar ligeramente sobre la tela y ver cómo se endurecían. Eso la excitó muchísimo y me pidió que la acariciase, quería sentir otro orgasmo. Desplacé una de mis manos hacia abajo y tiré de sus braguitas para que se introdujeran entre sus labios. Una vez que comenzó a sentir la presión empecé un movimiento de vaivén con la intención de estimular su clítoris con el roce de la prenda. Ella se estremecía y su mano se colocó sobre mi cabeza y me presionó para que mordiera sus pezones. Succionaba unos de sus pechos y con él dentro de la boca pasaba mi lengua sobre el pezón y comenzó a gritar. Su orgasmo fue evidente y el dulce olor a sexo comenzó a inundar la habitación, lo que hacía aún mayor mi excitación.

Se incorporó en el colchón y me hizo tumbarme en la cama. Desabrochó mi pantalón y liberó a mi verga de la presión. No estaba totalmente erecta porque llevaba demasiado tiempo excitado pero ella la introdujo en su boca y comenzó a chupar.

Mientras me deleitaba con su mamada apareció en la habitación Alicia con su nueva pareja y se tumbaron justo a mi lado. Ella jugaba a ignorarme, como si yo no existiera y se dejó hacer por su acompañante que se afanaba en lamerle las tetas mientras acariciaba su coño. Esto me produjo un enorme calentón y estuve a punto de correrme en la boca de la deliciosa mamona. Alicia se corrió y fue entonces cuando me miró fijamente y me dijo que ahora iba a gozar la espléndida polla que tenía su semental. Se colocó a cuatro patas y le ordenó que la follara sin descanso. Sus gritos y gemidos me pusieron más cachondo que nunca en mi vida, y ver cómo otro la hacía disfrutar me encendió. Mi pareja se colocó encima de mí y, después de ponerme un condón, se introdujo mi herramienta en su gruta y comenzó a saltar salvajemente.








Alicia se acercó y me dio la lengua, me la introducía en la boca con desesperación y su aliento me asfixiaba por lo rápido que era. Cuando estaba a punto de correrme ella paró. Se giró y se introdujo la polla en el culo, dándome la espalda. Era muy angosto y resultaba irresistible el movimiento en su interior. Tras varias culadas me vertí en su interior. Alicia, atenta a la jugada, se sentó en la cama y se decidió a mamar con fruición la verga de él, mientras yo la miraba con asombro, ya que era capaz de meterla entera en su boca. Me incorporé y comencé a tocarme la verga, que estaba ligeramente flácida, pero pronto se puso en forma otra vez. Me arrodillé y le acerqué mi estaca a la cara. Ella sacó el otro miembro de su boca y comenzó a pasar la lengua alternativamente por ambas pollas, mientras la otra mujer comenzó a pasar su lengua por mi escroto. Fue algo superlativo y en poco tiempo sentí como volvía a estar a punto de eyacular. Cuando vi cómo el otro hombre descargaba su semen sobre la cara de Alicia no pude aguantar más y estallé en otro abundante orgasmo que terminó de inundar la cara de Alicia. La otra mujer se incorporó y empezó a besar nuestras pollas, mientras con ambas manos acaricia nuestros huevos. Al poco rato decidimos irnos a la ducha y nos fuimos dejando a los desconocidos en la cama, que ya empezaban a dar muestras de actividad.

Tras asearnos volvimos a casa y desde entonces hemos repetido estas y otras experiencias que serán narradas en posteriores entregas.


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