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Reconozco que soy un catalán atípico, me gusta Madrid, es mas, me gusta mucho .No pierdo ocasión para pasar unos días en “el foro”y disfrutar del provincianismo de sus calles del casco antiguo, me pierdo durante horas por Lavapíes. Tomar un chato de blanco de Noblejas ( o un pitarra, o un cacabelos…) servido de la frasca y en un mostrador de mármol es algo que-desgraciadamente-solo puede hacerse en Madrid .Quizá también me guste porque tengo una excelente amiga con la que comparto esas memorables jornadas de tapeo, de jazz o de teatro cuando estoy en la capital. El conserje de su casa me conoce y las llaves están siempre disponibles cuando llego a horas intempestivas.





Raquel-mi amiga-y yo, somos dos espíritus libres y temerosos de las ataduras .Durante quince años hemos hablado de lo mas intimo y profundo de nuestros sentimientos, nos hemos emborrachado juntos, reído y llorado juntos pero nunca hemos pasado la barrera del emotivo abrazo en los reencuentros o, a lo sumo, del cogernos de la cintura cuando, ya de madrugada, los pies se niegan a seguir las confusas ordenes de un cerebro abotargado por el “ribera de Duero” tomado con desmesura.

Al llegar a su casa, con el deseo tratando de imponerse a esa nuestra obcecada máxima de que el sexo corrompe una buena amistad, nos hemos dirigido cada uno a su habitación y ya en la cama hemos renegado amargamente de tamaña estupidez.

Hace hoy dos meses, volví a Madrid para asistir a un aburrido seminario del que podía haberme librado con cualquier excusa aunque la verdad, es que el seminario era la excusa para volver a la villa y concertar una cita con la telefonista de una empresa con la que mantenía una larga relación oral. Nunca nos habíamos visto pero su voz, realmente sensual, y las conversaciones, cargadas de erotismo, que habíamos mantenido durante los últimos meses me habían decidido a concertar aquel encuentro que se iba a consumar en una cervecería de la plaza de Santa Ana.

Poco antes de las ocho de la tarde, tras pasear un buen rato por las calles aledañas, me acerqué al local en cuestión, ya estaba abarrotado pero en un rincón de la barra vi a una preciosa morena de ojos gatunos, media melena y vestido negro ceñido con un gran escote en la espalda. No había duda, era Conchita, mi objetivo para aquella noche .Ella se había descrito a si misma como “morenilla” “no demasiado alta” “graciosilla” etc etc y la verdad es que la chica pecaba de modesta, porque ante mi tenía una real hembra de las que obligan a girarse cuando se nos cruzan en la calle.

A empellones llegué hasta ella justo en el momento en que se libraba del enésimo moscón de los que, obviamente, rondan a tamañas preciosidades.

-No me despidas, soy Fernando (dije por toda presentación)

-Ya lo sé, tu voz es inconfundible…..y tu eres como yo esperaba.

Nos besamos formalmente y a duras penas conseguimos abrirnos paso hasta la salida.

-Bueno, aquí me tienes, toda tuya .Donde vamos?

-Podemos ir a escuchar un poco de jazz al café Central, que te parece?

Noté que, imperceptiblemente torcía el gesto y asentía sin mucho entusiasmo.

Decididamente, el jazz no le gustaba. No aguantó mas de media hora escuchando a un magnifico saxo que actuaba en solitario.

Me obligó a cenar en una repugnante pizzería, bebió Coca en lugar del tinto de Toro que yo escogí y la noche fue languideciendo, tristemente aderezada por una conversación totalmente anodina y superficial.


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No eran las doce de la noche cuando, ante su sorpresa, la dejé a la puerta de su casa argumentando un tremendo dolor de cabeza. Me despedí de ella prometiéndole, falazmente, que le llamaría cuando volviese por Madrid.

Decidí regresar andando a casa de Raquel, a esas horas y tras el fiasco de la cita, un paseo en solitario era lo menos aconsejable para conseguir la paz de espíritu. No acababa de entender mis escrúpulos ante un cuerpazo coronado por una cabeza hueca, yo antes no era así, que me estaba pasando?.

Al abrir la puerta, con todo el sigilo posible, vi luz en la habitación de Raquel y oí muy tenuemente a Norah Jones cantando “what am I to you?”.

-Fernando?

-Soy yo Raquel.

-Pasa, no puedo dormir.

Entré en su habitación y me senté al borde de la cama.

Su negra cabellera extendida sobre la blanca almohada enmarcaban un bello rostro que había tenido mejores días, aquellas ojeras me sorprendían en ella.

-Como te ha ido?.Preguntó con ansiedad.

Le expliqué la verdad, sazonada con las reflexiones que sobre mi “anómalo” comportamiento me había hecho mientras caminaba solitario.

Cuando terminé mi discurso, vi sus ojos humedecidos por unas lagrimas que sus esfuerzos no consiguieron evitar.

-Te encuentras bien?-pregunté torpemente-

-No, no me encuentro bien!-contesto ella desabrida-

Te traigo algo?,una aspirina….

Me miró furibunda, levantó el borde de la sabana y señalando aquel rincón de la cama dijo:

-No quiero pasar mas noches sola mientras tu estés aquí, no voy a tolerar que vengas a Madrid para salir con otra…..te quiero aquí, a mi lado, desnudo y en cinco minutos ¡.

No me atreví a rechistar, obedecí confuso y sorprendido ante su insólito comportamiento.

La mente de las mujeres es, para mi, el misterio mas ignoto del Universo. Que extrañas reacciones químicas, que catalizadores externos (o internos ¡)pudieron interactuar para llegar a producir aquel explosivo producto emocional?.





Nuestros temores se confirmaron plenamente. Desde aquella noche ya no somos amigos, somos furibundos amantes que no pierden el tiempo en bares de vinos ni oyendo jazz en directo.

Y la verdad es que no lo añoramos….


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