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Mi novio y yo hacía unos meses que estábamos saliendo cuando me ocurrió la historia que les voy a contar. Me llamo Adela y tenía 19 años. Iba con mi novio a comprar a unos grandes almacenes, de esos que venden de casi todo y tienen dos o tres pisos. Bueno quería comprar un poco de ropa ahora que llegaban las rebajas y mi novio me acompañaba.

Bueno, me cuesta mucho decidirme, y después de estar un buen rato mirando esto o aquello me dispuse a probarme en el probador los trapos que había seleccionado. Me quedé en ropa interior frente al espejo del probador antes de probarme todo aquello. Me gustaba mirarme frente al espejo. Soy entre rubia y castaño claro, tengo bastante buen tipo, soy un poco alta y delgada, aunque tengo unos muslitos gorditos y las pantorrillas carnosas. Mi culo es redondo y soy bastante ancha de caderas y estrecha de cintura. Mi piel es de un color rosa blanquecino que toma una apariencia de marfil donde el sol nunca llegó. El escotado sostén dejaba al descubierto la canal de mi pecho, a cuyos lados se levantan como colinas perfectamente cónicas mis senos coronados por dos pezones rosas inmensos cuyos bordes se funden y se difuminan. Mis labios son largo y carnoso el de arriba, mientras que el de abajo es delgado.

Bueno. Me probaba todo y me miraba una y otra vez al espejo, y una, y otra. Al final salí convencida de que al menos dos de los vestidos me gustaban pero sólo tenía dinero para uno. Se lo comenté a mi novio. En seguida se acercó la dependienta.

La dependienta era una chica alta y delgada, de pelo corto, que llevaba el uniforme con una sobriedad que no pegaba en una tienda de ropa de señoras. Le calculé unos treinta años. Morena, seria aunque agradable. No me decidía por lo que la dependienta se fue a atender a otros clientes.

No debí de hacerle caso a mi novio, que me convenció de algo que por mí misma jamás habría hecho. Me convenció para que me fuera al probador y me pusiera uno de aquellos trapos debajo de mi ropa y saliera muy convencida diciendo que compraría aquel otro traje que llevaba en la mano.

Me metí en el probador y así lo hice, disimulando todo lo que podía el volumen de aquella prenda que pretendía robar bajo mi ropa de siempre. La dependienta se extrañó desde el principio de mi nerviosismo, hasta que asustada, le confesé que no compraría ninguno. Mi novio me miró estupefacto y nos dirigimos hacia la salida decididamente.

Nuestros pasos delataban nuestra intención de escapar. La puerta estaba cercana pero al llegar, nos dimos cuenta que una mujer, vestida con un azul uniforme de guardia de seguridad, que me parecía infranqueable como un castillo y fuerte y enorme como un caballo, estaba cruzada en la puerta, evitándonos el paso. Mi novio salió corriendo y pudo zafarse de la cancerbera, pero yo, asustada por las voces de la dependienta, ordenando a la mujer que guardaba la puerta como un Hércules guardando el estrecho de Gibraltar que me atrapara con sus manos que me abrazaron sin dudarlo y me estrecharon en un abrazo que me parecía el de un oso.

Me intenté zafar pero era imposible, ya que la profesionalidad de aquella mujer era indiscutible. Además, me convertí en el centro de atención de todos, de mujeres mayores y jóvenes, de chicas y chicos, de clientes y trabajadoras… No opuse resistencia cuando me condujeron a una sala interior del establecimiento, a través de un recorrido en el que se podía apreciar el desorden dentro del orden del almacén, la cara de sorpresa de los operarios que veían a el terceto improvisado romper la monotonía del trabajo. Llegamos a un despachito. Una mesa, una silla, una televisión y un video.

En la pantalla de la televisión, después de que la dependienta manipulara el vídeo, seleccionado al fin una película que le convenía pude ver unas estanterías de ropa que me eran familiares, así como, en uno de los extremos, a una chica que, aún siendo yo, no me podía sentir del todo identificada con ella. No tardé en recordar la escena. Mi novio esperaba al otro lado de la pantalla. Sí, pude verle coger unas de aquellas braguitas preciosas que tanto nos habían llamado la atención y hecho reír y llevársela al bolsillo de la chupa . El muy cabrón había salido corriendo y me había dejado allí, sola entre aquellas dos víboras sedientas de mi escarmiento que parecían dos “Frauleines” de las SS.




Luego yo salía y hablaba con él, luego venía seria pero amable, fría, calculadora la mujer que ahora tenía frente a mí, clavando sus ojos de fuego y luego ella se alejaba y se veía a mi novio seducirme con la idea de poseer lo que no me pertenecía, y yo, vacilar y por fin, sucumbir a la tentación.

Y me veía desnudarme, y se apreciaban en la televisión mi torso desnudo cubierto bajo aquel sostén que permitía una desnudez que le pensaba dedicar como una nocturna fragancia a mi novio.

No tuve más remedio que reconocer que, efectivamente, llevaba puesta como una segunda piel la prenda de ropa que me obligaron a entregar y que aquella Hércules policial agarró como si del mismísimo vellocino de oro se tratara. Y me sentí desnuda, con el torso sólo cubierto por el minisostén, Y las dos mujeres se echaron una mirada cómplice y me obligaron a desprenderme del sujetador para mirar la etiqueta y cerciorarse de lo que ya sabían y era que aquel sujetador no sólo no pertenecía a esa tienda, sino que, en justicia, era poco para mí, que estaba infinitamente más bella como una Venus del renacimiento recién parida, que se esforzaba en cubrirse los senos con los brazos.

Un gesto despectivo dio con mi sostén en el suelo y las inquisidoras siguieron cómplices con mi interrogatorio y me preguntaron que dónde estaban las bragas que mi acompañante, pues por aquel entonces ya había dejado de ser mi novio, se había llevado. Y mi falda cayó al suelo desabrochada por sus manos que pretendían arreglar la economía de la empresa, arruinada sin duda por el hurto de aquella prenda por la que se había interesado Fulanita de Tal, casada con Cetanito de Cual.

Me alegré de haberme puesto aquellas braguitas blancas, nevadas, cuyo blancor hería a los ojos de mis interrogadoras, a pesar de lo cual, su mirada se clavaba en mi cuerpo. Sentía como unos rayos fríos rozarme y ponerme la piel de terciopelo por donde ellas miraban. Y finalmente vino lo que me temía que pudiera suceder pero esperaba que sólo fueran morbosas ilusiones mías. La dependienta me agarró de las nalgas, por encima de la tela suave, casi de seda de aquellas bragas, y profanó mi boca, metiendo su lengua húmeda y resbaladiza todo cuanto pudo, mientras yo me debatía y la guardiana observaba extasiada .

No me sirvió de mucho responder violentamente, pues, como ya les he dicho, la guardiana conocía bien su profesión y antes de que me diera cuenta, tenía las manos esposadas a la espalda, con un artificio metálico que la chica se sacó de detrás de su cazadora azul. Perdió, eso sí, la gorra en el forcejeo y cayó por su cuello una caballera rubia, en la que los pelos de oro corrían paralelos a otros que recordaban el color de la madera de haya. Sus ojos eran verdes en una cara redonda y con unos labios colorados como dos cerezas. Sentí una mano fuerte aunque delicada.

Y su mano experta en reducciones me obligaron a postergarme sobre la mesa y a continuar de aquella manera mientras la fenicia comerciante se agachaba y bajaba mis bragas de un tirón, convenciéndose, al igual que en el caso del sostén, de que ni las bragas eran de la tienda ni estaban hechas para mí. Y así, ante la tentación de mis nalgas rosadas delante de su boca, comenzó a clavar su faz en mi sexo y a lamer y mordisquearlo, ayudándose con las manos, que recogían mis nalgas para robarme todo cuanto podía de mi tesoro, mientras mis nalgas se oprimían contra la tabla fría de la mesa








Se me ocurrió cambiar mis sordos lamentos por chillidos de socorro, pero sólo sirvió para desatar las iras de la guardiana, que me tomó del pelo y me tiró sobre la mesa. Me inmovilizó la cabeza con la porra y me la sostuvo con sus manos, finas pero fuertes. Sentí la silla moverse para colocarse justo en frente de mis piernas, y en ella se sentaba la dependienta, admirando mi sexo como un reino de la que fuera la reina. Volví a sentir su boca, pero más sosegadamente, con más malicia, transportándome poco a poco a una sensualidad inimaginable por mí, humedeciéndome todo mi ser, deseando robar alguna prenda en ese establecimiento todos los días del año.

La dependienta me lamía el clítoris y me lo agarraba entre los dedos y movía la mano y me transportaba al dulce oleaje de una barca a la orilla del mar, mientras mis piernas quedaban laxas, y luego su dedo se fue introduciendo en mí hasta clavarse, y se dedicaba a recorrer la profundidad de mi sexo, de dentro a fuera, mientras su lengua cálida hacía remolinos con los pelos que cubrían aquel tesoro que yo había guardado para mi novio fugitivo. Aquel tesoro que se desperdiciaba y se dilapidaba por aquella mano femenina que introducía sus dedos para follarme tiernamente.

La guardiana me introdujo el dedo en la boca mientras me corría, quería sentir cómo se lo succionaba, pero yo no estaba dispuesta a que me consideraran una vencida, no quería que me vieran humillada, así que como signo de rebeldía la mordí. La guardiana gritó y sacó su dedo marcado por los dientes. Hizo ademán de pegarme pero la dependienta la detuvo, pues podía causar tal revuelo que hubieran cerrado el almacén pero le sugirió algo mejor.

La dependienta se desabrochó la camisa y se deshizo del sostén. Pude apreciar sus tetitas picudas y delgadas, como de adolescente, en la que sobresalía un pezón oscuro y desafiante y cómo, de debajo de la falda ajustada aparecían unas bragas iguales o más hermosas que las que mi ex novio había robado.

Se puso a gatas y empezó a lamer mi cuerpo con sus labios, mi ombligo, mi costado, mis senos, primero circularmente, luego acercando el calor húmedo de su boca a mi pezón, que lamía, que besaba con sus labios, que trataba de arrancarme a besos, a base de poseerlos entre sus labios, y yo podía ver sus tetitas colgar y rozarme con sus erizados pezones que me arañaban de sensualidad.

La guardiana se había colocado frente a mí, apartando la silla de una patada y pronto comencé a sentir algo que presionaba contra mi sexo, algo fuerte. Era… la porra que trataba de introducirse en mi sexo rehumedecido, la porra que salvaba los primeros obstáculos y se introducía ya inexorablemente mientras la dependienta colocaba sus tetitas juveniles en mi cara y se dedicaba a jugar con ellas en mi boca que pretendía atraparlas como una uva, y ella a veces la apartaba y a veces me la ofrecía, y yo deseaba beber su leche mientras sentía aquel falo introducirse sin compasión dentro de mí y moverse rítmicamente.

La dependienta se alzó la falda al colocarse encima de mi cara y pude oler su sexo y ver aquella maraña de pelos en medio del que podía ver algo que me parecía, desde aquella perspectiva, simpático. Luego, probé su sabor salado, el sabor que la dependienta se esforzaba en derramar por mi boca y por mi cara, como queriendo marcar con el olor de su sexo lo que era suyo, mientras que yo me debatía entre la necesidad inminente de desahogarme en un fenomenal grito por la llegada del orgasmo más grande que había tenido nunca y el deseo de evitar que mis forzantes amadas supieran que aquello me producía un placer que sobrepasaba la sensación de lo físico.

La dependienta siguió embadurnando mi cara con su líquido viscoso incluso después de que la guardiana hubiera retirado su falo improvisado de mi sexo. El movimiento alocado me hizo presagiar un orgasmo al que contribuí lamiendo todo su sexo con más gana de cómo ella se movía.

A pesar de todo, la dependienta no estaba dispuesta a soltarme aún y me advirtió, con la respiración entrecortada y abrochándose el uniforme y recomponiéndose, que si me volvía a ver robar, me meterían la próxima vez la porra por ahí. -¡Por ahí! ¿Entiendes?

Me hice la tonta, y eso fue un error o un acierto, según se mire, pues la guardiana me puso de nuevo de cara contra la mesa y pude sentir el dedo de la dependienta introducirse, pero esta vez lo hizo no en el sexo, sino en el oscuro agujero cuyo virginidad acababa de ser rota. Sentí que metía el dedo como la porra se había metido antes, peor en realidad sólo había metido hasta la primera falange, pero fue lo suficiente para sentir los labios de mi sexo contraerse por mi nueva excitación. Fue suficiente para comprender.

La dependienta le quitó el trapo que la guardiana sostenía y me lo tiró sobre la mesa mientras yo me vestía , ordenándome que lo tomara como un personal regalo. La guardiana me acompañó solemnemente hasta la puerta y me miró son una expresión de macho, de hombre que me hubiera recién follado.

A tres manzanas del establecimiento me esperaba el maricón de mi novio, que al verme llegar me enseñó las bragas sonriendo. Yo le dije que se las pusiera a… un familiar muy querido suyo. Y ya no nos volvimos a ver más.


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